Bueno... varias personas me han preguntado exactamente cuando fue que me volví bisexual y sobretodo, "por quién". Y como me gusta escribir y tenía esto garabateado por ahí... he decidido pasarlo a limpio y compartirlo con el mundo.
Muchos años han pasado ya. Y todavía lo recuerdo como ayer.
Bueno, ahí os va.
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Era de estos días en los
que no te apetece demasiado salir de casa. Estaba tirado en el sofá,
mirando una serie cualquiera y en pijama cuando mi mejor amiga,
Mónica, me llamó para salir. Dijo que había quedado con un amigo
suyo escocés de la universidad para tomar algo y que estaban
intentando encontrar motivados que se animasen a salir un jueves. La
verdad... a la mañana siguiente no tenía clases y eso de conocer
gente erasmus siempre me había parecido interesante.
Cuando me había querido
dar cuenta estaba vestido y en la calle, esperando en la Alameda para
echar al menos unas cervezas. Mónica apareció de repente cogida del
brazo de un tipo alto, pelirrojo y pecoso y al instante pensé “¿para
qué me llama ésta de carabina?”. Si la conocía bien, sabía que
probablemente esos dos iban a acabar revolviendo las sábanas y no
veía donde entraba yo en esa ecuación.
-¡Alex! -se acercó ella
toda contenta, dándome dos besos (de los de te doy con la cara más
que otra cosa), con una sonrisa de oreja a oreja y los labios
pintados de rojo.
-Hola guapa, ¿qué tal?
-le dijo devolviéndole el gesto y agarrándola por la cintura.
-Este es Jamie -dijo ella
señalándole con la mano- Jamie, este es Alex.
El pelirrojo se aproximó
con todo el desparpajo del mundo y me estrechó la mano.
-Hola Alex -dijo con una
sonrisa.
-Ey, qué pasa, Jamie -le
respondió al apretón con firmeza.
-Bueno, chicos, ¿unas
cervezas? -dijo ella y nosotros estuvimos de acuerdo.
Todo fue un poco lo
típico a partir de ahí. Yo cada vez estaba más extrañado: el tipo
era guapo y Moni no parecía estar haciendo avance ninguno con él.
Él tampoco parecía estar demasiado interesado en concreto, los tres
nos limitábamos a beber, charlar, reír y hacer el tonto. En un
momento en el que se levantó para ir al baño, me arrimé a Moni
para acosarla a preguntas.
-Oye... ¿pero este tío
y tu estáis liados o no? -le pregunté, curioso. Ella se apresuró a
negar toda sonriente.
-Que no, hombre, que no.
A Jamie le van los tíos -dijo quitándole importancia.
Me quedé a cuadros. ¿En
serio? No lo parecía para nada. No se, los gays normalmente solían
tener pluma, los que más, los que menos. A mi me parecía un chico
de lo más normal. Pero claro, a partir de ahí me empecé a fijar.
No era la forma de moverse o la forma de hablar, pero tenía algo en
esa caída de ojos cuando hablaba conmigo o cuando sonreía que me
ponía nervioso. Quizás era el síndrome del hetero, que se pone en
guardia cuando se junta con un tío al que sabe que le podría
interesar él más que su amiga.
Pero el alcohol siguió
corriendo y la conversación fluyendo. Y Jamie no parecía interesado
en absoluto en ninguna clase de cosa rara, así que me fui relajando.
Lo normal. La curiosidad, que aflora con cada cerveza y los pelos en
la lengua que desaparecen en combate.
Después del cerveceo
típico acabamos en la sala Fun Club. Moni rápidamente se pegó a un
tipo que le estaba haciendo el escaneo completo y se puso a bailar
con él y Jamie y yo nos dedicamos a hablar de mil cosas. Y entonces,
lo vi, el primer signo de la noche. Fue solo un momento. Jamie estaba
apoyado en la barra con la cerveza en la mano y le estaba dando un
sorbo con aire despreocupado, cuando un chico pasó por delante y le
sonrió. Y fue solo un gesto. Pero Jamie le miró y se mordió el
labio, no de forma exagerada, pero como el que está intentando
reprimir una sonrisa. Volvió a beber de su cerveza. Y pensé: ese
tío y Jamie han follado. Así, sin mas. Y no me pareció para nada
“marica”. No se, era una energía diferente, como si en vez de un
tío hubiera estado haciéndose el difícil con una tía a la que no
había llamado después. Y mi curiosidad creció exponencialmente.
-Oye, espero que no te
moleste que te pregunte, pero... -le dije, vergüenza ya ahogada y
flotando en mi cubata de cacique desde hacía rato- ¿Ese tío y
tu...?
-Ah -Jamie sonrió- Si,
bueno. Joder, ¿tanto se nota? -preguntó, más divertido con la
apreciación que molesto.
-Tu sabes, Moni me había
dicho que eras... -me quedé un poco cortado.
-¿Gay? -me ayudó, aún
con esa mirada de total confianza en si mismo que, la verdad, me
dejaba a cuadros.
-Sí, bueno... Tu sabes,
no hay muchos tíos que vayan del brazo con Moni y que no se la
quieran tirar, la verdad -dije para intentar redimirme un poco por lo
grosero que había sido. Jamie simplemente rió.
-Ya, lo he notado -dijo
simplemente, dándole otro bajón a su botellín de cerveza.
-Es que no se te nota
nada -dije y me apresuré a apuntar- tu sabes, en el buen sentido. No
que sea nada malo que se note que alguien lo sea.
-La forma de ser y con
quién te guste follar no tienen por que ir de la mano -dijo
encogiéndose de hombros.
-Siento si te he
ofendido, no era mi intención -dije mordiéndome un poco la lengua.
-Tranquilo. No me has
ofendido -dijo Jamie, dándole una palmada amistosa en la espalda y
para qué mentir, me puse ridículamente nervioso- ¿otra? -preguntó,
señalando mi copa y le dije que si.
Y de estas cosas que
empiezas a rascar y rascar y estás genuinamente interesado en cómo
debe ser la vida de un tipo pelirrojo, homosexual y que no lo parece
y te preguntas, en el fondo de ti, si es un interés puramente casual
o si ya estaba ahí desde antes. No sabía por qué, simplemente
quería saber más. De repente era el tema más interesante del mundo
y la pregunta de “¿Le pareceré atractivo?” no paraba de darme
vueltas por la cabeza. La forma en la que se había mirado con aquel
otro chico y la forma indiferente y tranquila con la que hablaba
conmigo, como si ni se inmutara, de alguna manera, no se... me
molestaba. No en un mal sentido, pero me di cuenta de que quería que
aquel tío me mirase así a mi también. Ni puta idea de por qué. Lo
diferente, imagino. La curiosidad. El magnetismo que tenía, quizás,
cuando decía alguna broma y se reía y la sonrisa se le subía a los
ojos también. Los gestos. La forma en la que parecía estar tan a
gusto en su cuerpo y controlar lo que pasaba a su alrededor.
Y hice un comentario
intencionado, aunque me cueste un poco reconocerlo, para decir: eh,
mírame.
-La verdad es que nunca
me he liado con un tío -dije, escondido tras mi vaso- pero no te
digo que no tenga curiosidad.
-La curiosidad mató al
gato -dijo él, con una mirada enigmática que no revelaba una puta
mierda y me reprendí mentalmente por haber soltado una tontería- No
te ofendas pero... no somos un experimento -dijo Jamie.
-A ver... no me
malinterpretes -intenté rectificar- me refiero a que nunca me ha
llamado la atención ninguno. Pero, si ocurriera... no se. Creo que
me dejaría llevar -al decir esto, sentí cómo yo mismo me ponía
como un tomate por la implicación de lo que estaba diciendo.
Jamie se limitó a
mirarme. Algo había cambiado en su percepción de las cosas y yo lo
sabía, pero si tenía alguna intención en mente, ni lo dejó ver,
ni dijo nada al respecto.
-No es tan complicado, de
verdad -dijo, mirándome a los ojos- Te cruzas con alguien, te atrae,
te llama la atención y en ese mismo momento ya sabes lo que quieres.
Aunque te cueste un rato reconocerlo. Da igual que sea una tía, un
tío o un búfalo africano.
El hijo de su madre...
juro que en aquel momento no me di cuenta, pero probablemente sabía
muy bien de qué le estaba hablando. Estaba dándome pistas. Él ya
lo sabía. Y yo... yo estaba demasiado confuso, aún peleándome con
mis prejuicios idiotas en mi cabeza. A pesar de estar un poco
borracho.
-Supongo... que si -le
miré. A tomar por culo la sutileza- Pero, ¿qué haces luego? -dije,
arrastrando un poco la lengua dentro de la boca antes de continuar-
cuando sabes lo que quieres, digo.
-Es fácil -dijo Jamie-
cuando sabes lo que quieres, intentas conseguirlo. No me seas, ¿me
vas a decir que con la edad que tienes nunca le has entrado a nadie?
-Claro que si -dije,
empezando a estar bastante nervioso- Pero, no se, si ni tu mismo
estás muy seguro de nada, ¿cómo sabes si el otro quiere o no
quiere contigo?
-Le mandas mensajes. Y
esperas a ver si te los devuelve -Jamie había dejado de mirarme
directamente y parecía entretenido en la gente que se restregaba por
la pista.
Decidí que había bebido
lo suficiente como para hacerle caso.
-Y... ¿tú que crees?
-dije, la lengua de repente pesada y pastosa dentro de mi boca-
¿Crees que el chico quiere conmigo?
Pude distinguir en ese
momento cómo una sonrisilla de no muy buenas intenciones se abría
paso en su cara, que aún miraba hacia el frente. Si creyese que
Jamie tenía vergüenza hubiera pensado que le había dado palo esa
indirecta tan directa. Pero supe que no era eso. Era otra cosa.
Y entonces, así con los
codos apoyados en la barra, el botellín casi vacío en la mano y el
flequillo pelirrojo revuelto delante de la frente, giró la cabeza y
me miró de esa manera, desde debajo de las pestañas, un poco más
serio y con una ceja levemente levantada.
-Puede.
Una puta palabra. Juro
que fue solo una puta palabra pero cuando la dijo, la forma en la que
la dijo me hizo ponerme casi a temblar como un flan. Estábamos
hablando de cosas mayores. Esa mirada decía “lo sé” y decía
“¿por qué no vienes a descubrirlo?”. Cómo podía ser, que yo
había salido de mi casa aquella tarde y me había sorprendido de la
homosexualidad de aquel tipo y en cuestión de unas horas me ponía
nervioso saber si estaba interesado en mí o no. Manejaba la
situación y yo estaba hecho un puñetero flan. Cágate.
Me quedé sin palabras. Y
tuve que darle un poco de pena porque decidió dejar de jugar a la
mosca y a la araña y se levantó de la barra, despacio, tomándose
su tiempo para apurar lo que quedaba de cerveza y dejar el botellín
vacío sobre ella. Se apoyó de nuevo, esta vez girado hacia mí y
mirándome, examinándome, poniéndome mucho, mucho más nervioso de
lo que ya estaba. Podría decir que cuando me hizo el escáner,
estaba intentando asegurarse. Un carajo. Seguro ya estaba.
Me estaba dando tiempo a
mí para hacerme a la idea. Nunca se me olvidará cuando estiró la
mano para agarrarme de la nuca, como a cámara lenta, pasando el
pulgar por detrás de mi oreja con aquella mano grande y cómo se
acercó a mi oído para decirme aquellas cosas.
-Mójate los labios
-dijo- ábrelos un poco -bajito, porque me hablaba al oído y así
podía escucharle a pesar de todo el ruído que nos rodeaba.
Y yo lo hice. Y tragué
saliva. Y creía que me iba a morir allí mismo y joder, se me había
olvidado por completo que estaba a punto de comerme la boca con Un.
Puto. Tío.
Y entonces, se movió hacia delante y me besó. No se anduvo con tonterías. Me
pilló a boca abierta, deslizando la lengua despacio dentro, entre lo labios y empezó a besarme y yo le respondí. Y juro que si hubiera
sido una tía, en aquel momento se me habrían caído las bragas.
Hasta el suelo.
Cuando me quise dar
cuenta cerca era demasiado lejos y estábamos en algún rincón del
puto pub, liándolos a saco, yo aplastado contra la pared, como un sandwich.
El resto de la historia
está censurada, no apta para sensibles.
Lo único que puedo decir
en mi defensa, es que yo aquel día salí de mi casa y me sentía
cien por cien heterosexual y que cuando salí del piso de aquel tipo
al día siguiente, menos virgen que antes por algunos sitios y con
una seria crisis de identidad, no me arrepentía para nada, a pesar
de todo.
El mejor puto polvo que
había echado en 22 años de vida.
Hoy por hoy soy
abiertamente bisexual. Qué queréis que os diga, pero de una cosa
así ya no se puede volver atrás, ¿a que no?
Pues eso.