viernes, 16 de enero de 2015

Que te saquen del armario

Bueno... varias personas me han preguntado exactamente cuando fue que me volví bisexual y sobretodo, "por quién". Y como me gusta escribir y tenía esto garabateado por ahí... he decidido pasarlo a limpio y compartirlo con el mundo. 

Muchos años han pasado ya. Y todavía lo recuerdo como ayer. 

Bueno, ahí os va. 



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Era de estos días en los que no te apetece demasiado salir de casa. Estaba tirado en el sofá, mirando una serie cualquiera y en pijama cuando mi mejor amiga, Mónica, me llamó para salir. Dijo que había quedado con un amigo suyo escocés de la universidad para tomar algo y que estaban intentando encontrar motivados que se animasen a salir un jueves. La verdad... a la mañana siguiente no tenía clases y eso de conocer gente erasmus siempre me había parecido interesante.

Cuando me había querido dar cuenta estaba vestido y en la calle, esperando en la Alameda para echar al menos unas cervezas. Mónica apareció de repente cogida del brazo de un tipo alto, pelirrojo y pecoso y al instante pensé “¿para qué me llama ésta de carabina?”. Si la conocía bien, sabía que probablemente esos dos iban a acabar revolviendo las sábanas y no veía donde entraba yo en esa ecuación.

-¡Alex! -se acercó ella toda contenta, dándome dos besos (de los de te doy con la cara más que otra cosa), con una sonrisa de oreja a oreja y los labios pintados de rojo.

-Hola guapa, ¿qué tal? -le dijo devolviéndole el gesto y agarrándola por la cintura.

-Este es Jamie -dijo ella señalándole con la mano- Jamie, este es Alex.

El pelirrojo se aproximó con todo el desparpajo del mundo y me estrechó la mano.

-Hola Alex -dijo con una sonrisa.

-Ey, qué pasa, Jamie -le respondió al apretón con firmeza.

-Bueno, chicos, ¿unas cervezas? -dijo ella y nosotros estuvimos de acuerdo.

Todo fue un poco lo típico a partir de ahí. Yo cada vez estaba más extrañado: el tipo era guapo y Moni no parecía estar haciendo avance ninguno con él. Él tampoco parecía estar demasiado interesado en concreto, los tres nos limitábamos a beber, charlar, reír y hacer el tonto. En un momento en el que se levantó para ir al baño, me arrimé a Moni para acosarla a preguntas.

-Oye... ¿pero este tío y tu estáis liados o no? -le pregunté, curioso. Ella se apresuró a negar toda sonriente.

-Que no, hombre, que no. A Jamie le van los tíos -dijo quitándole importancia.

Me quedé a cuadros. ¿En serio? No lo parecía para nada. No se, los gays normalmente solían tener pluma, los que más, los que menos. A mi me parecía un chico de lo más normal. Pero claro, a partir de ahí me empecé a fijar. No era la forma de moverse o la forma de hablar, pero tenía algo en esa caída de ojos cuando hablaba conmigo o cuando sonreía que me ponía nervioso. Quizás era el síndrome del hetero, que se pone en guardia cuando se junta con un tío al que sabe que le podría interesar él más que su amiga.

Pero el alcohol siguió corriendo y la conversación fluyendo. Y Jamie no parecía interesado en absoluto en ninguna clase de cosa rara, así que me fui relajando. Lo normal. La curiosidad, que aflora con cada cerveza y los pelos en la lengua que desaparecen en combate.

Después del cerveceo típico acabamos en la sala Fun Club. Moni rápidamente se pegó a un tipo que le estaba haciendo el escaneo completo y se puso a bailar con él y Jamie y yo nos dedicamos a hablar de mil cosas. Y entonces, lo vi, el primer signo de la noche. Fue solo un momento. Jamie estaba apoyado en la barra con la cerveza en la mano y le estaba dando un sorbo con aire despreocupado, cuando un chico pasó por delante y le sonrió. Y fue solo un gesto. Pero Jamie le miró y se mordió el labio, no de forma exagerada, pero como el que está intentando reprimir una sonrisa. Volvió a beber de su cerveza. Y pensé: ese tío y Jamie han follado. Así, sin mas. Y no me pareció para nada “marica”. No se, era una energía diferente, como si en vez de un tío hubiera estado haciéndose el difícil con una tía a la que no había llamado después. Y mi curiosidad creció exponencialmente.

-Oye, espero que no te moleste que te pregunte, pero... -le dije, vergüenza ya ahogada y flotando en mi cubata de cacique desde hacía rato- ¿Ese tío y tu...?

-Ah -Jamie sonrió- Si, bueno. Joder, ¿tanto se nota? -preguntó, más divertido con la apreciación que molesto.

-Tu sabes, Moni me había dicho que eras... -me quedé un poco cortado.

-¿Gay? -me ayudó, aún con esa mirada de total confianza en si mismo que, la verdad, me dejaba a cuadros.

-Sí, bueno... Tu sabes, no hay muchos tíos que vayan del brazo con Moni y que no se la quieran tirar, la verdad -dije para intentar redimirme un poco por lo grosero que había sido. Jamie simplemente rió.

-Ya, lo he notado -dijo simplemente, dándole otro bajón a su botellín de cerveza.

-Es que no se te nota nada -dije y me apresuré a apuntar- tu sabes, en el buen sentido. No que sea nada malo que se note que alguien lo sea.

-La forma de ser y con quién te guste follar no tienen por que ir de la mano -dijo encogiéndose de hombros.

-Siento si te he ofendido, no era mi intención -dije mordiéndome un poco la lengua.

-Tranquilo. No me has ofendido -dijo Jamie, dándole una palmada amistosa en la espalda y para qué mentir, me puse ridículamente nervioso- ¿otra? -preguntó, señalando mi copa y le dije que si.

Y de estas cosas que empiezas a rascar y rascar y estás genuinamente interesado en cómo debe ser la vida de un tipo pelirrojo, homosexual y que no lo parece y te preguntas, en el fondo de ti, si es un interés puramente casual o si ya estaba ahí desde antes. No sabía por qué, simplemente quería saber más. De repente era el tema más interesante del mundo y la pregunta de “¿Le pareceré atractivo?” no paraba de darme vueltas por la cabeza. La forma en la que se había mirado con aquel otro chico y la forma indiferente y tranquila con la que hablaba conmigo, como si ni se inmutara, de alguna manera, no se... me molestaba. No en un mal sentido, pero me di cuenta de que quería que aquel tío me mirase así a mi también. Ni puta idea de por qué. Lo diferente, imagino. La curiosidad. El magnetismo que tenía, quizás, cuando decía alguna broma y se reía y la sonrisa se le subía a los ojos también. Los gestos. La forma en la que parecía estar tan a gusto en su cuerpo y controlar lo que pasaba a su alrededor.

Y hice un comentario intencionado, aunque me cueste un poco reconocerlo, para decir: eh, mírame.

-La verdad es que nunca me he liado con un tío -dije, escondido tras mi vaso- pero no te digo que no tenga curiosidad.

-La curiosidad mató al gato -dijo él, con una mirada enigmática que no revelaba una puta mierda y me reprendí mentalmente por haber soltado una tontería- No te ofendas pero... no somos un experimento -dijo Jamie.

-A ver... no me malinterpretes -intenté rectificar- me refiero a que nunca me ha llamado la atención ninguno. Pero, si ocurriera... no se. Creo que me dejaría llevar -al decir esto, sentí cómo yo mismo me ponía como un tomate por la implicación de lo que estaba diciendo.

Jamie se limitó a mirarme. Algo había cambiado en su percepción de las cosas y yo lo sabía, pero si tenía alguna intención en mente, ni lo dejó ver, ni dijo nada al respecto.

-No es tan complicado, de verdad -dijo, mirándome a los ojos- Te cruzas con alguien, te atrae, te llama la atención y en ese mismo momento ya sabes lo que quieres. Aunque te cueste un rato reconocerlo. Da igual que sea una tía, un tío o un búfalo africano.

El hijo de su madre... juro que en aquel momento no me di cuenta, pero probablemente sabía muy bien de qué le estaba hablando. Estaba dándome pistas. Él ya lo sabía. Y yo... yo estaba demasiado confuso, aún peleándome con mis prejuicios idiotas en mi cabeza. A pesar de estar un poco borracho.

-Supongo... que si -le miré. A tomar por culo la sutileza- Pero, ¿qué haces luego? -dije, arrastrando un poco la lengua dentro de la boca antes de continuar- cuando sabes lo que quieres, digo.

-Es fácil -dijo Jamie- cuando sabes lo que quieres, intentas conseguirlo. No me seas, ¿me vas a decir que con la edad que tienes nunca le has entrado a nadie?

-Claro que si -dije, empezando a estar bastante nervioso- Pero, no se, si ni tu mismo estás muy seguro de nada, ¿cómo sabes si el otro quiere o no quiere contigo?

-Le mandas mensajes. Y esperas a ver si te los devuelve -Jamie había dejado de mirarme directamente y parecía entretenido en la gente que se restregaba por la pista.

Decidí que había bebido lo suficiente como para hacerle caso.

-Y... ¿tú que crees? -dije, la lengua de repente pesada y pastosa dentro de mi boca- ¿Crees que el chico quiere conmigo?

Pude distinguir en ese momento cómo una sonrisilla de no muy buenas intenciones se abría paso en su cara, que aún miraba hacia el frente. Si creyese que Jamie tenía vergüenza hubiera pensado que le había dado palo esa indirecta tan directa. Pero supe que no era eso. Era otra cosa.

Y entonces, así con los codos apoyados en la barra, el botellín casi vacío en la mano y el flequillo pelirrojo revuelto delante de la frente, giró la cabeza y me miró de esa manera, desde debajo de las pestañas, un poco más serio y con una ceja levemente levantada.

-Puede.

Una puta palabra. Juro que fue solo una puta palabra pero cuando la dijo, la forma en la que la dijo me hizo ponerme casi a temblar como un flan. Estábamos hablando de cosas mayores. Esa mirada decía “lo sé” y decía “¿por qué no vienes a descubrirlo?”. Cómo podía ser, que yo había salido de mi casa aquella tarde y me había sorprendido de la homosexualidad de aquel tipo y en cuestión de unas horas me ponía nervioso saber si estaba interesado en mí o no. Manejaba la situación y yo estaba hecho un puñetero flan. Cágate.

Me quedé sin palabras. Y tuve que darle un poco de pena porque decidió dejar de jugar a la mosca y a la araña y se levantó de la barra, despacio, tomándose su tiempo para apurar lo que quedaba de cerveza y dejar el botellín vacío sobre ella. Se apoyó de nuevo, esta vez girado hacia mí y mirándome, examinándome, poniéndome mucho, mucho más nervioso de lo que ya estaba. Podría decir que cuando me hizo el escáner, estaba intentando asegurarse. Un carajo. Seguro ya estaba.

Me estaba dando tiempo a mí para hacerme a la idea. Nunca se me olvidará cuando estiró la mano para agarrarme de la nuca, como a cámara lenta, pasando el pulgar por detrás de mi oreja con aquella mano grande y cómo se acercó a mi oído para decirme aquellas cosas.

-Mójate los labios -dijo- ábrelos un poco -bajito, porque me hablaba al oído y así podía escucharle a pesar de todo el ruído que nos rodeaba.

Y yo lo hice. Y tragué saliva. Y creía que me iba a morir allí mismo y joder, se me había olvidado por completo que estaba a punto de comerme la boca con Un. Puto. Tío.

Y entonces, se movió hacia delante y me besó. No se anduvo con tonterías. Me pilló a boca abierta, deslizando la lengua despacio dentro, entre lo labios y empezó a besarme y yo le respondí. Y juro que si hubiera sido una tía, en aquel momento se me habrían caído las bragas. Hasta el suelo.

Cuando me quise dar cuenta cerca era demasiado lejos y estábamos en algún rincón del puto pub, liándolos a saco, yo aplastado contra la pared, como un sandwich.

El resto de la historia está censurada, no apta para sensibles.

Lo único que puedo decir en mi defensa, es que yo aquel día salí de mi casa y me sentía cien por cien heterosexual y que cuando salí del piso de aquel tipo al día siguiente, menos virgen que antes por algunos sitios y con una seria crisis de identidad, no me arrepentía para nada, a pesar de todo.

El mejor puto polvo que había echado en 22 años de vida.

Hoy por hoy soy abiertamente bisexual. Qué queréis que os diga, pero de una cosa así ya no se puede volver atrás, ¿a que no?

Pues eso.